A Liz le faltaba un semestre para terminar prepa. Le urgía inscribirse a una carrera. Ella tenía una idea bastante precisa de lo que quería, pero sabía también que en el camino de su decisión se interponía la voluntad de sus padres, en especial - esta vez - de su mamá.
La ilusión de Liz era estudiar una carrera humanista, una carrera que le permitiera dedicar su vida profesional al servicio de quienes sufrían algún problema interior. Quería tender su mano a las personas y familias que lo necesitaran. Deseaba de corazón aportar su esfuerzo y su vida para mejorar desde adentro la sociedad. Idealista, utópica dirían algunos; tal vez, pero ella así lo quería.
Su madre, en cambio, quería que se inscribiera en una de las universidades más importantes de la ciudad, y que estudiara una carrera "reconocida".
Liz se resistió y logró entrar en la pequeña institución que ella había escogido. Ahora Liz ya se graduó. A pesar de la resistencia de su madre, a pesar de la manipulación a lo largo de la carrera.
Liz ya cumplió la primera parte de su sueño. Ahora le queda por delante su compromiso personal de poner en práctica lo aprendido, que fue mucho más de lo que otra universidad le podía haber dado, como pueden ser valores humanos y familiares. Otros, por el contrario, no han tenido la determinación y la suerte de Liz. Estudiaron lo que sus padres decidieron, o simplemente no estudiaron.
De estos desafortunados algunos nunca ejercieron la carrera. Abandonaron el título en un cajón o en una pared. Se olvidaron de su preparación profesional. Pero eso sí, sus padres pueden presumir a su hijo ingeniero, arquitecto, abogado...
¿Por qué en el siglo XXI siguen sucediendo estos fenómenos?
Hay dos factores que se conjugan en las relaciones padres - hijos: el deseo de los padres de que sus hijos sean triunfadores y felices, y la tendencia natural en los hijos de ver a sus padres como modelos para su futuro. Esta tendencia natural es más fuerte en los primeros años, y cada vez más débil (o menos fuerte) a medida en que los hijos crecen y se van acercando a la adultez.
Riesgo o felicidad
Podemos afirmar que los problemas como el de Liz se originan, frecuentemente, del primer factor en estas relaciones. Muchas veces, son los padres los que causan estos conflictos, y constituyen un "riesgo" para los hijos.
Aunque también los mismos padres pueden ser el factor determinante en la realización y felicidad de los hijos. ¿Cuándo los padres son factor de riesgo para los hijos, y por qué en nuestra sociedad se ha vuelto tan frecuente esta situación?
Ante todo porque muchos adultos, víctimas tal vez de un círculo vicioso, no han aprendido el verdadero sentido de la realización personal:
Creen que realizarse y tener éxito es ganar mucho dinero, tener mucho poder y lograr divertirse.
Creen que para ser felices se requiere de una casa de campo, y viajes frecuentes a "al otro lado" y a las islas de extremo oriente.
Creen que el reconocimiento social es indispensable para su realización: casa y coche de lujo, fiestas multitudinarias, presencia constante en la página de sociales, amistades "importantes", "contactos", etc.
Por eso, cuando se trata de los hijos, desean lo mismo para ellos. Si no se reúnen todas las condiciones mencionadas, no se puede hablar de éxito en la vida. Así se piensa con frecuencia, aunque paradójicamente no siempre se tiene conciencia de ello.
Ahora bien, todos esos elementos descritos, por sí mismos, no son malos. Tener esto y aquello, mientras se haya obtenido honestamente, es lícito. El error está en confundir estas cosas con la propia realización. Más aún, la confusión está en identificar realización con éxito.
Realización y éxito
Todo lo que una persona logra ganar, comprar o disfrutar puede ser parte del éxito profesional o laboral, pero no necesariamente es prueba de su realización. Hay mucha gente exitosa en su trabajo y fracasada en su vida personal y familiar; gente, por tanto, que no ha logrado una auténtica realización.
En la actualidad muchos padres de familia estamos creando todas las condiciones para una "realización" completamente superficial y banal; y a ésta la llamamos éxito. Así muchos jóvenes, hijos nuestros, "se van con la finta". Sin embargo, desde lo más profundo del corazón humano, sobre todo en la juventud, se manifiesta con fuerza esa tendencia natural de buscar los valores del ser, antes que los del tener.
Mientras los jóvenes no se dejen corromper, seguirán buscando esos valores que muchos adultos rechazan. En realidad ésta es la única razón de peso por la que sigue válido el dicho: los jóvenes son la esperanza del mañana.