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La sana agresividad, su lado positivo
Por FMU/ Sergio Yakovlev
El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud pensaba que la agresividad era un impulso instintivo, un impulso que convertía al ser humano en una fiera salvaje capaz de destruir y dañar a sus semejantes por el mero hecho de satisfacer una pulsión natural en él.

Un estudio más reciente, da matices al tema de la agresividad. Rescata su parte positiva, aquella sin la cual el ser humano no podría desarrollarse en el mundo. Se trata de la agresividad sana; término acuñado por la psicoanalista estadounidense Jean Grasso.

Desde su propia óptica, la mayoría de los eminentes teóricos han olvidado reconocer la utilidad de la agresividad en la vida diaria, la que hace falta para enfrentar un problema, encontrar trabajo, emprender un negocio, sostener las propias opiniones y defender ideologías. Se ha confundido, señala, la agresividad con la violencia o con la competitividad llevada al extremo, de modo que el hombre agresivo es visto por muchos, con malos ojos.

Si echamos un vistazo a la vida misma notaremos que para vivir se requiere de una actitud férrea por parte del individuo, de un comportamiento decidido a conseguir determinadas metas. La agresividad sana sería aquí pieza fundamental. ¿De dónde nos vendría si no el empuje necesario para tratar de ser mejores?, ¿de dónde la perseverancia?, ¿de dónde la garra que nos hace levantarnos en los momentos difíciles?

Lo importante de todo esto es aprender a diferenciar la agresividad sana, de la violenta, y saberla manejar. Darse cuenta del momento en que se comienza a traspasar la frontera entre una y otra, y retomar el rumbo, controlar la situación.

El psicólogo Henri Parens, quien ha estudiado el comportamiento agresivo de los niños, señala: "Un niño que no ha aprendido correctamente el uso de la agresividad para alcanzar sus objetivos, irónicamente acaba utilizándola, finalmente, de un modo destructivo". Según sus conclusiones: "Cuando un niño aprende a tener expectativas razonables de poder alcanzar sus metas en un periodo de tiempo razonable, también aprende a expresar sus deseos en forma razonable".

Si los padres ayudan a sus hijos a reconocer las maneras adecuadas de expresar su agresividad, mostrándole empatía por ejemplo, expresándole en un momento de frustración que uno lo comprende porque ha pasado por problemas similares, y que con paciencia y ánimo es posible salir adelante; si los padres logran de esta manera canalizar la agresividad, le dan al niño herramientas para definirse a sí mismo. Le ayudan a desarrollar una individualidad que le capacita para establecer diferencias en el mundo que le rodea (Jean Grasso Fitzpatrick, Cuentos para leer en familia. Historias que favorecen el desarrollo sano de los niños) saber de este modo cuál comportamiento conduce a la meta planteada y cuál no.

La agresividad sana, como señala Jean Gross, no se aprende de la noche a la mañana, es una tarea de todos los días. Pero en la medida en que el niño crece, va traduciendo con la ayuda de los padres, sus sentimientos impulsivos en una creciente capacidad para contener su agresividad, controlarla y emplearla para alcanzar determinados logros. Será entonces capaz de levantar la mano en clase, relacionarse con seguridad con sus compañeros y, más adelante, en la adolescencia, encontrará la suficiente fuerza para decir no a las drogas, al alcohol y demás problemáticas.

Todo perfeccionamiento implica una lucha, un combate personal contra los propios defectos, contra los problemas que afloran instintivamente en el ser humano y contra los caminos nocivos que a veces toma la sociedad. Sin la agresividad sana, esta lucha sería imposible. El paso de la animalidad a la humanidad, más que violento, es un acto positivamente agresivo.

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