Eran las 13:30 cuando me di cuenta de que precisamente ese día, viernes de quincena, había olvidado pasar temprano, por la mañana, al banco. Sin tener más remedio, salí corriendo con la esperanza de que por ser la hora de comida, no hubiese tanta gente. Al entrar y ver la fila, me resigné a pasar allí los próximos treinta minutos, hasta que mis ojos se posaron incrédulos en una fila más corta.
En un segundo lo pensé y decidí arriesgarme a formarme en ella, segura de que ganaría unos valiosos minutos. Luego dudé, y quise utilizarme como conejillo de indias, para sentir que no perdía el tiempo esperando mi turno. Tomé nota del señor que estaría delante de mí en la otra fila y me dispuse a disfrutar mi pequeño triunfo al salir del banco antes que él.
Debo decir que tenía antecedentes sobre mi "experimento", ya que había observado cómo la gente de la fila más corta, ganaba tiempo en comparación con los "privilegiados" que contábamos con más de tres cajeros a nuestro servicio.
Así fui viendo cómo la gente seguía sumándose a la fila de al lado, sin perder de vista a mi referencia (un sexagenario agradable con camisa azul), y complacida de estar cada vez más cerca de la caja.
De pronto, sucedió algo que estaba completamente fuera de mis cálculos y por ende, de mi control: cuando sólo faltaban dos personas para que llegara mi turno, una de ellas se dispuso a realizar una transacción que ocupó al cajero más tiempo de lo previsto. Lo vi hacer un par de llamadas y esperar unos minutos que, obviamente, para el significaban un delicioso relax, mientras que a mí me provocaban escuchar el segundero amplificado dentro de mi cabeza. Entonces pensé en cambiar de fila, pero me negué a empezar de nuevo.
Miré a mi "referencia" con ansiedad llegar al mismo punto que yo, sonriendo como si adivinara mi pequeña competencia. Pero él tenía ventaja: tres posibilidades, y yo sólo una. Mi línea no avanzaba, ya mi sexagenario sonriente había salido y la lógica me decía que debía comenzar otra vez, pero algo dentro de mí se rehusaba a hacerlo. Fue cuando me quedé helada, pensando cuántas veces en la vida perdemos oportunidades valiosas por nuestro miedo a recapitular. Nos parece más cómodo esperar a que las cosas buenas nos lluevan del cielo, y se nos olvida que el camino corto, puede también tener sus desventajas.
El punto es luchar contra nuestro miedo a empezar otra vez, a arriesgar lo que ya tenemos seguro. Desde una vocación profesional frustrada, hasta una relación en problemas, merecen otra oportunidad.
La palabra clave es recomenzar, pero bien conscientes de los pros y los contras, concentrados en nuestra capacidad y no en la competencia con los otros. Es difícil, pero a la larga, vale la pena. Mientras caminaba de regreso a la oficina, sonreí con la idea de que es bueno de vez en cuando, constatar que no siempre la fila más corta es la que nos lleva más rápido a cumplir nuestros objetivos.
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