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¿A poco es una adicción?
Por FMU/ Maricruz Filardo
Hace algunos años, mi hijo se fue a vivir a otro país. Yo deseaba mantener, de manera regular, contacto con él para saber cómo estaba y qué hacía. Por casualidad descubrí la maravilla de un aparato llamado fax. Gracias a dicho aparato, no tenía que esperar una o dos semanas para recibir noticias de él.

Sin embargo, la novedad tuvo algunos inconvenientes: una secretaría los recibía y con un discreto vistazo a la hoja, se enteraba de lo que la mami le decía al hijo. Él, lacónicamente, me pidió que no contara nuestras intimidades en los faxes. Ante la inesperada situación, me dediqué a continuar explorando diversos medios de comunicación a distancia. Después de varios intentos fallidos, llegué al Internet. Desde entonces, le envió correos electrónicos y, a veces, hasta sostenemos comunicación instantánea, "sin pájaros en el alambre".

Así entré al mundo de la tecnología, pero años después, me doy cuenta de que puede ser un arma de dos filos. Por un lado, es una herramienta muy eficiente para hacernos la vida y los negocios más expeditos y fáciles, pero por el otro, si no somos cuidadosos, nos podemos volver adictos.

A mí me sucedió un día en el que, sin darme cuenta, me puse a "navegar" y se me pasaron las horas como el agua. Al día siguiente fue lo mismo: empecé por buscar un dato, de ahí me encontré otras cosas que me parecieron interesantes; un lugar me llevó a otro y nuevamente se me fue el día. A pesar de que los ojos me ardían y no aguantaba la espalda por conservar la misma posición durante todo el día, yo seguí pegada al monitor.

Después de un tiempo, tuve problemas con la computadora: resultó que la había "infectado" un virus y dejó de funcionar con normalidad. La llevé al taller y me dijeron que tardarían unas dos semanas en repararla. En ese lapso de tiempo, me sentía desesperada porque me hacía mucha falta.

Con la ansiedad de no tener nada qué hacer sin mi máquina, le llamé a una amiga para tomarnos un café. Durante la plática, me dijo que su primo tenía problemas con su familia porque vivía conectado a la computadora. Al principio estaba pegado a ella con el pretexto de buscar trabajo, pero después porque se sentía deprimido y con la computadora se distraía.

Pasaron los meses, él dejó de buscar trabajo y cada vez fueron más horas las que estaba navegando. Mi amiga me contó que ahora se acuesta en la madrugada por estar "chateando", y se levanta al medio día. Ya casi nadie lo ve porque sus horarios no coinciden con los del resto de la familia. Ha engordado mucho pues no cuida su alimentación y hace nada de ejercicio por estar pegado a la pantalla; también me cuenta que fuma como "chacuaco", no se baña y su cuarto está siempre desordenado.

Su esposa ya no está dispuesta a seguir con un hombre que ha olvidado sus compromisos como esposo y padre pero, sobre todo, que se ha perdido a sí mismo. Varias veces han intentado hablar con él, pero ha sido inútil, está "pasmado" emocionalmente, porque en el ciberespacio no hay sentimientos y se desespera porque en el mundo real, a las personas no se les desparece apretando "delete".

La conversación con mi amiga me ayudó a darme cuenta del abismo al que estaba a punto de caer por estar todo el tiempo frente a mi compu: perderme el mundo real, distanciarme de mi familia y, peor aún, olvidarme de mí misma.

No es que esté mal chatear de vez en vez o escribirse correos electrónicos para cuestiones laborales, pero creo que conversar cara a cara con mis hijos, mirar a los ojos a mis amigos, escuchar el tono de voz de mi familia y sentir el calor de la gente, es algo que disfruto tanto, que ahora prefiero gastar mis días a la luz del sol y arrullar.

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