Durante el mes de agosto fui a visitar a unos tíos que viven en un pueblito de la República. Hacía mucho calor, es una zona muy árida, las temperaturas llega a ser de cuarenta grados con un cielo profundamente azul, pero totalmente desprovisto de nubes que den sombra.
Estuve con ellos un par de semanas. Hacía mucho tiempo que no los visitaba, así que algunos lugares no los recordaba con claridad. Uno de ellos es una iglesia cercana a su casa. Un domingo decidí ir a misa para visitarla. No es una construcción muy antigua, probablemente fue realizada en el siglo veinte. Hacía tanto calor, que hasta comencé a ponerme de mal humor.
Me senté en una de las primeras bancas, estaba esperando que comenzara la misa cuando vi salir de la sacristía a una mujer de unos cincuenta años, de cabello corto, ya cano, que vestía una camiseta blanca y un pantalón de mezclilla. Caminaba con cierta dificultad, pues sus piernas sólo llegaban a la altura de las rodillas, calzaba una especie de cojines de piel, que a manera de zapatos la protegían.
Después de encender las velas del altar y acomodar unas flores, bajó unos escalones y caminó directamente hacia mí y con una sincera sonrisa en su rostro, me preguntó si quería ayudar leyendo en la misa, yo le dije que sí. Entonces, me pidió que la acompañara a una banca cercana donde tenía unos papeles. Me dio la lectura que me correspondía y volví a mi lugar. Curiosamente, mi mal humor comenzó a desaparecer.
Todo salió bien y al terminar la misa me acerqué a ella para devolverle la hoja. Al escucharme, me preguntó que de dónde era, pues tenía un acento distinto al de aquella región; yo le comenté que era de la capital
-"¡Ah! Eres de México, qué bien, ¡es un lugar tan bonito! ¿Qué te trae por aquí?"- Me preguntó.
Yo le respondí que estaba de vacaciones y comenzamos a platicar. Supe que trabajaba como ayudante del sacristán y que se llamaba Encarnación, pero que todos la llamaban Encarnita. Luego de unos minutos me despedí de ella y le di la mano. Fue entonces cuando me di cuenta que a Encarnita también le faltaban dos dedos en ambas manos.
Al salir de la Iglesia sólo podía preguntarme, ¿por qué esa mujer sonreía tanto? Su imagen se me quedó muy grabada.
A los pocos días, a unas cuadras de la casa de mis tíos encontré de nuevo a Encarnita, caminando con una bolsa grande sobre uno de sus hombros. La saludé y le pregunté que a dónde iba, y con su habitual sonrisa me respondió que unos amigos la habían invitado a comer y por ello estaba muy contenta, así que prefirió salir con anticipación para llegar a tiempo. Al toparnos con una avenida grande se despidió de mí, pues tenía que tomar el autobús para seguir su trayecto. Yo le dije que al día siguiente regresaría a mi casa así que me despedía deseándole mucha suerte.
Ella me volvió a dar la mano y me deseó una serie de parabienes. Nos separamos, ella siguió su camino y yo el mío.
Han pasado varios días y Encarnita sigue presente en mi memoria. Su actitud me enseñó muchas cosas. Si al principio yo equivocadamente la vi como una persona a la que le faltaba algo, ahora creo que no es así, al contrario, le sobra mucho.
Le sobran carácter y entereza para enfrentar un mundo de personas que como yo se sorprenden al verla diferente y sólo se hacen a un lado sin preocuparse más.
Le sobra alegría porque sabe que estar viva, estar aquí, es una oportunidad única e importantísima. Le sobran seguridad y conciencia de saberse valiosa, por ello mira de frente y no con vergüenza.
Conocerla me enseñó que debo dar gracias por estar vivo, lúcido y sano para poder agradecer a personas como ella, que la mejor sonrisa es la que viene desde el alma, el único aspecto en que todos somos absolutamente iguales y debería ser el parámetro para sentirnos valiosos como seres humanos.
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