Cuenta la leyenda que en un debate filosófico entre Aristóteles y su maestro Platón, alguien acusó al primero de ser desleal con su maestro. Aristóteles contestó con firmeza: "Amo mucho a mi maestro, pero amo aún más a la verdad". Palabras más o menos, esa es la idea. Le fue más leal a la verdad que a la enseñanza de su amigo y maestro. Esa es grandeza de espíritu que no debemos perder de vista.
El tiempo le dio la razón a Aristóteles, quien se mantuvo firme porque estaba convencido de la verdad. A esa firmeza se le llama principio; concepto tan olvidado en estos tiempos, cuando todos necesitamos reafirmar nuestros valores como sujetos inmersos en el torbellino de falsedades y verdades que nos confunden.
Ese mismo torbellino de opiniones y corrientes de pensamiento, muchas veces no nos permiten reflexionar sobre los valores que mueven nuestra conducta, y esa falta de reflexión nos lleva a cometer errores que tarde o temprano afectan nuestra vida y la de los demás. Es cuado exclamamos ¡Si lo hubiera sabido! ¡Si alguien me lo hubiera dicho! Pobre condición la nuestra cuando nos hallamos en el valle de los ¡Hubiera!
Hay que estar en alerta respecto a los falsos principios que el entorno humano nos vende como verdades, por ejemplo, he visto muchos casos en los cuales la lealtad se hace a un lado, para cederle el paso a la complicidad. ¡Cuidado, la complicidad, jamás puede ser lealtad!
Esto se ve con mucha frecuencia entre padres e hijos, entre jefes y subordinados, entre maestros y alumnos, así como entre amigos. Este fenómeno se vive sobretodo en la política. En estos y otros muchos casos vemos que el agradecimiento por favores recibidos supera los principios y caemos en la complicidad, creyendo falsamente que actuamos movidos por la lealtad.
Cuando nos hallamos en situaciones complicadas, vale la pena recordar que el fin jamás justifica los medios. Este es un principio que encierra un gran contenido moral y de ética, que nos permitirá caminar con la frente en alto, aunque sea con dos o tres amigos menos. Y "amigos", entre comillas, por supuesto, porque nadie que sea un verdadero amigo, nos obligará a violar nuestros principios reclamando lealtad por encima de todo. Recordemos que ni el estatus que brinda un excelente empleo y un jugoso sueldo; ni tampoco la promesa de un mejor porvenir, justifica hacer a un lado los valores que nos impulsan a ser personas de bien.
Refiriéndose a los hombres que se pintan el cabello para verse menos viejos, mi padre hizo un comentario que jamás he olvidado. "Pintarse las canas, todos pueden hacerlo; lo difícil es honrarlas con nuestros actos". Esa es una verdad que bien vale la pena tener presente.
Terminaré esta reflexión asegurando que nadie nos puede obligar a actuar en forma contraria a nuestros principios, de permitirlo habremos perdido la más importante batalla en nuestra vida. Esto implica forzosamente honrar nuestros nombres, con la verdad como principio fundamental en la trascendente tarea de hacer y de pensar.
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