¡Vamos con los strippers!, me dijo mi amiga Claudia, después de aquella cena que estuvo llena de carcajadas, y donde recordamos nuestras locuras de adolescentes. Gracias por la invitación amiga, le contesté, pero no, ya es tarde y mi marido me está esperando. "Ña, ña, ña, ña, sigues siendo la misma mochila de siempre", me contestó en tono de burla. Yo me reí, se trataba de una amiga muy querida a quien no veía desde hace años y no quise entrar en discusiones.
Vamos, insistió. Me vi obligada a ser un poco más enfática, aunque amable: "Gracias, Claudia, pero esas cosas a mi no me laten". En fin. toma tus cosas, te doy un aventón, me dijo. Condujo por la avenida principal. Pensé que conocía algún atajo hacia mi colonia pero se siguió de largo. Entendí que se dirigía hacia uno de esos shows y le pedí de nuevo: Claudia, llévame a mi casa, ya te dije que me están esperando. Toma mi celular, dijo un tanto molesta, llámale a tu marido y avísale que llegarás tarde, no vaya a ser que se te alebreste con eso de que te tiene bien checadita...
Su actitud me pareció por demás impositiva. Me sentí muy incómoda por este diálogo que se había tornado agresivo y respondí: Mira Claudia, no voy a discutir contigo mis acuerdos matrimoniales, te pido por favor que me lleves a mi casa, ¡ya! Ella dio un volantazo contrariada "Tengo muchas ganas de ir ¿Sabías que hoy va a bailar el bombón de Charly? Ahora por culpa de tus malditos prejuicios me lo voy a perder". Hice un esfuerzo por controlarme y en el tono más ecuánime que pude, expresé: Amiga, no quiero ser yo el motivo de tal malestar, déjame aquí, tomo un taxi, tú te vas a ver a Charly y todos contentos ¿OK?
Lejos de tranquilizarse, explotó: "Por eso dejé de buscarte, pensé que con los años superarías tu complejo de hija de papi: bien portada, pero veo que ahora eres la misma babosa, pero ahora de Pancho ¿O cómo se llama?" Mi paciencia llegó al límite y contesté con dureza: Primero, bájale a tu tono; segundo, refiérete a mi esposo con respeto y tercero, te busqué para pasar un buen rato con la amiga a quien estimo, no para someter a juicio mi conducta moral. Al parecer, dije una palabra prohibida hoy en día, porque ella se alteró aún más: "Si la que siempre me ha enjuiciado has sido tú. No lo niegues, en el fondo nunca has estado de acuerdo con lo que soy".
Debí haber terminado este seudo diálogo absurdo en ese instante, pues era evidente que mi forma de ser había agredido a Claudia años atrás y hoy una simple negativa de seguirle la corriente la desquiciaba; sin embargo, cometí el error de decir "Yo no te vine a juzgar". ¡Upsss!, y fue cuando le di la frase perfecta para que revirara en tono chantajista: Si no me juzgas ¿Por qué no me acompañas? Ni modo que vaya sola.
La táctica fue buena y estuve a punto de engancharme, pero el pasmo me dio el instante de lucidez que necesitaba -Mira Claudia, yo te quiero, hemos sido amigas por muchos años. En ningún momento pensé que mi forma de vivir te agrediera. Tu convicción de defender el derecho que todos tenemos a decidir, me hizo admirarte desde la secundaria, por eso te he aceptado desde el corazón, aún cuando algunas de tus decisiones me han confrontado ¿Por qué no me aceptas tú a mí? El hecho de que yo no haga lo mismo que tú no quiere decir que te rechace, simplemente significa que hemos elegido caminos distintos y cada quien asumirá sus propias consecuencias-, finalicé.
Claudia enmudeció. Llegamos a mi casa. La luz de mi cuarto estaba prendida. Mi stripper, amigo, compañero, amante y marido, todo conjuntado en mi querido Francisco, me esperaba.
ESCRÍBENOS