Primero pensé que era un castigo divino, pero con el pasar de los años he comprendido que la enfermedad de mi hijo es una bendición que Dios me mandó para recobrar la fe en el mundo.
Estuve a punto de decirle no a la dicha, de darle la espalda a la esperanza, no quería tenerlo, no podía enfrentar al destino, no me sentía preparada al rechazo de la sociedad. Tenía siete meses de embarazo cuando me hicieron una ecografía donde el ginecólogo descubrió que mi hijo venía mal. Después de algunos estudios, los médicos diagnosticaron la enfermedad de mi bebé.síndrome down.
Fue un duro golpe más, en esos días estaba pasando por una severa crisis depresiva, mi pareja me había dejado sola. Él se había ido con otra. No podía recurrir a mis padres porque ellos desde un principio se opusieron a que me fuera a vivir con ese hombre. Económicamente esta al punto de la bancarrota ya que me acababan de despedir del trabajo, razones no me las dijeron, la verdad creo que fue por mi embarazo y ahora está desagradable noticia me deprimió aun más.
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En un principio pensé en quitarme la vida, pero al intentarlo no podía hacerlo. Una segunda opción fue la de practicarme un aborto. Esa idea la tenía muy clara, con eso se terminarían mis problemas. Tendría la oportunidad de poder rehacer mi futuro sin ningún obstáculo de por medio. Pero al estar ya en el quirófano para que practicarán el legrado, no tuve el valor de hacerlo, algo en mi interior me obligó a arrepentirme.
Salí de la clínica. Caminé por la ciudad, tratando de acomodar mis pensamientos y sentimientos, estaba realmente desesperada. El recorrido nocturno terminó en casa de mis padres quienes me encontraron desmayada en la puerta de su hogar. Tenía prácticamente más de ocho meses que no los visitaba, ni sabía nada de ellos. De dieron cuenta de mi situación. Primero se negaron a apoyarme, pero después de todo lo hicieron.
Tuve a mi hijo, una personita totalmente diferente a los demás que estaban en los cuneros. él era diferente pero especial. Al tomarlo en mis brazos me di cuenta del homicidio que pude haber cometido, al no darle la oportunidad de con su carita tan tierna y su cuerpecito tan frágil me pudiera convencer de que necesitaba vivir para darme grandes satisfacciones.
No niego que ha sido difícil el recorrer de estos 14 años, llevando a mi hijo Cristian a terapias y clases especiales, pero gracias a Dios todo esto a servido para formar un lazo más estrecho con mis padres, quienes me han apoyado todo este tiempo y principalmente a reencontrarme conmigo misma y descubrir que el mundo gira a la velocidad que cada uno de nosotros le ordenamos que lo haga.