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Dejé ir a mi único amor
Por Erika
Toda mi vida he estado en busqueda del amor, pero siempre he tenido desconfianza e inseguridad de en cuanto a mi persona. Soy una chica de 29 años, de estatura bajita, un poco rellenita y eso me hacía sentirme inferior a cualquier hombre, mi pensamiento me impedía encontrar la felicidad, hasta que decidí cambiar de residencia.

Vivía en un pueblito de Chiapas, era una zona rural donde mi padre era de las personas más acaudaladas del lugar, pero a pesar de eso, yo no sentía que ahí iba a desarrollarme profesionalmente nunca, así que le solicité a mis padres que me permitieran emigrar a la ciudad de Monterrey donde yo tenía fincadas todas mis esperanzas de poder forjar mi futuro.

Así fue, llegué a esa inmensa ciudad, llena de costumbres y gente muy diferente a la que estaba acostumbrada a tratar. Comencé a estudiar una licenciatura en Mercadotecnia en una de las mejores universidades privadas del país.

Al principio sentía como que la gente me hacía el feo, nadie quería platicar conmigo, no tenía amigas y mucho menos podía pensar en iniciar una relación amorosa con algún chico. De esa forma realicé mi estudios, sin nadie que me apoyará, una foranea sola en una tierra extraña.

Como el departamento donde vivía quedaba retirado de la escuela, comencé a tomar taxi. Ahí fue donde comenzó mi primera y única historia de amor. Desde el primer día que abordé su taxi fue muy atento conmigo y se ofreció a ir por mi todos los días para llevarme a la universidad. Primero lo hacía como parte de su trabajo, con el tiempo me comenzó a llevar, porque a confesión de él, se había enamorado de mí.

Cuando me dijo que yo le gustaba, no podía creerlo. Nadie me lo había dicho antes, como era posible que alguien se fuera a fijar en mí, pero era verdad. el taxista de nombre Santiago me estaba pidiendo que fuera su novia.

La relación pasajera-taxista fue cambiando, comenzamos a salir. Después de clases el iba por mi para salir a cenar o ir al cine. Hasta que un día se atrevió a besarme, yo en lugar de resistirme o enfadarme, le correspondí. Nos hicimos novios, poco tiempo después llegamos a ser amantes. Inició así mi vida sexual, me gustaba demasiado tener relaciones con él. Era una persona muy dulce hasta en la cama. Excesivamente detallista, creo que llegué amarlo y estoy segura que él también me amaba.

Terminé mis estudios y encontré un trabajo donde pude desarrollarme plenamente en mi profesión al grado de sentirme una persona exitosa. Ahora sí la gente que me rodeaba me respetaba como jefa y como persona.

Pero en el plano amoroso comenzaron los conflictos. Pronto con el dinero que me pagaban compré un auto, así que le pedí a Santiago que ya no me fuera a dejar, tampoco que intentara ir por mi al lugar donde todavía trabajo. En el fondo lo amaba, pero no podría soportar que alguién de mis subordinados o del mismo nivel que el mío se diera cuenta que mi novio era un simple taxista.

Entonces dejé de verlo, yo ya tenía otra clase de amistades con las que Santiago, según yo, no iba a poder empatizar. Él sintió mi cambio de actitud, al principio me rogó y me pidió una explicación, pero a final de cuentas se cansó y decidió alejarse, no sin antes decirme que me iba a quedar sola, que yo solamente había crecido profesionalmente pero mental e interiormente seguiría siendo la misma provinciana insegura de antes. Santiago nunca volvió a verme.

Ahora comprendo sus palabras, económicamente puedo tener todo, profesionalmente también, pero a mi vida regresó el desamor y la soledad. Siento que por mi aspecto físico ningún hombre podrá amarme jamás como lo hizo alguna vez Santiago.

¡Qué incongruencia de la vida! Mis mismos complejos que sentía hacia mí los vi reflejados en la persona que más amaba y por eso lo he perdido para siempre.

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