No cabe duda de que las personas cambian, de religión, pareja y hasta forma de ser . Esto útimo lo comprobé con una de mis amigas.
Nos conocimos desde la preparatoria en el equipo de atletismo, llegamos a la universidad y decidimos emigrar a otra ciudad, juntas siempre como grandes amigas.
Todo iba bien , entre las tareas, los amigos y uno que otro problema, mismo que solíamos solucionar de la mejor manera ., sobre todo los económicos que eran muy repetitivos.
Conocí a mi actual esposo y nos casamos, posteriormente ella hizo lo mismo, pero su historia fue más complicada que la mía.
Ella empezó a tener problemas económicos con Lorenzo porque vivía de sueños, quería obtener mucho dinero con el mínimo esfuerzo, casi un imposible cuando careces de algún talento extraordinario o de algún abundante capital, respuesta negativa en ambos casos.
Fue entonces que me pidió apoyo, la verdad no pude negarme. Nos pidieron alojamiento ella y su esposo, "sólo por un tiempo..." no tenían ni un centavo.
Con el afán de apoyarlos, le pedí a mis esposo que viviéramos juntos los dos matrimonios, total nos repartiríamos los gastos y todos saldríamos ganando.
Que error tan grave estaba cometiendo, lo peor es que no me dí cuenta en ese momento. Laura poco a poco empezó a cambiar, aquella chica limpia, trabajadora, emprendedora que había conocido se estaba transformando.
Con el argumento de la falta de tiempo, dejó de asear la casa, después la comida y así se fueron sumando detalles que yo tenía que hacer, sin importar la cantidad de tareas pendientes
Hablamos varias veces de esos "detalles" que incomodaban, pero las pláticas no sirvieron de nada .Por el bien de todos, mi esposo y yo decidímos liberarnos.
Después nos enteramos que tuvieron dos hijos "por accidente", a su esposo lo despidieron del trabajo y ella, sumida en un mar de desesperación, me volvió a contactar ...fue tanta su tristeza que me conmovió, y le ofrecí mi casa ,pero ésta vez le aclaré que sólo por unos días mientras buscaba un nuevo trabajo su marido .
Los primeros días, renació aquella muchacha limpia y trabajadora que había conocido años atrás, todo iba bien, hasta que me dí cuenta de que Lorenzo se salía todos los día , temprano sólo para huir del ruido de sus hijos, pero lo peor es que ella lo sabía y me lo habían ocultado.
Mi casa un verdadero caos, mi esposo y mis hijas no encontraban un poco de paz.
Desperdicios en la mesa , trastes sin lavar , ropa sucia , mugre por todo lados . Finalmente reaccioné, comprendí que todo tiene un límite, no podía estar sacrificando el patrimonio que con tanto esfuerzo habíamos logrado, ni mucho menos a mi familia que cada día que pasaba más problemas teníamos entre nosotros.
Le dí un ultimátum , y llegada la fecha hasta la ayude a empacar sus cosas que, al fin y al cabo no eran muchas.
En el momento que se despidió, me dió las gracias, y me mantuve firme con la consciencia tranquila de haber ayudado a quien había sido en algún tiempo una gran amiga.
Que lástima que no supo aprovechar el apoyo ni la oportunidad que se le ofreció de todo corazón.
Ni hablar cada cosa tiene su momento, hay que saber cuando decir sí, cuando decir no y sobre todo saber cuando decir ¡ya basta!.