Nací con una malformación genética en mi rostro llamada labio leporino lo cual durante toda mi infacia me fue creando la inseguridad de poder relacionarme con las demás personas. De niño, cuando intentaba platicar con alguien sentía como que les inspiraba lástima o asco por lo cual la sociedad poco a poco me fue convirtiendo en una persona introvertida.
Dentro de ese caparazón imaginario crecí con amigos imaginarios creados en mi mente jugue durante muchos años. Mis compañeros de escuela me ignoraban pero de todas esos malos tratos y experiencias fui aprendiendo. Al principio sentía una gran soledad y odio por la gente, pero con el tiempo la indiferencia de la sociedad fue fortaleciendo mi espíritu y mi mente.
En esos momentos de soledad le comencé a tomar cariño a la lectura. Cuando llegué a la edad de 10 años ya había leído alrededor de un centenar de libros lo que me fue cultivando y ayudando a suplir mi apariencia física con mi ya desarrollada inteligencia.
De pronto todo fue cambiando en mi vida, ahora era yo quien empecé a darme el lujo de decidir a quien hablarle y a quien no. Era una persona importante en la universidad, el más analítico e inteligente de todos. Mis compañeros me veían como un líder, me solicitaban la opinión para todo.
Me sentía por encima de cualquiera, todo ese tiempo en que viví reprimido había alimentado en mi interior una gran soberbia que me era imposible controlar. Sentía un gran placer al ver humillarse a alguien ante mí, para que le pudiera ayudar con una tarea.
Pero había un solo problema; nunca me había pasado por la mente la idea del amor, por eso fue tan sorpresivo ese nuevo sentimiento. Me enamoré perdidamente de una mujer bellísima. Ella era trigueña, ojos cafés claros, chaparrita y con una voz, que al escucharla me recorría un escalofrío por todo mi cuerpo, su nombre: Perla.
Volvió a mi esa gran inseguridad. ¿Cómo iba hecerme caso esa belleza, si yo era un monstruo? Ella sin embargo se acercó a mi, primero para que le ayudara con sus tareas y a estudiar para los exámenes. Esos días fueron sensacionales y mi alegría aumento cuando ella decidió ser mi novia.
Terminamos la universidad, yo con mención honorífica, ella con buenas calificaciones, en gran parte gracias a mí. Conseguí un excelente empleo, una gerencia en una empresa armadora de autos. Todo en mi vida era éxito. Le propusé matrimonio a Perla, ella aceptó y a los pocos meses nos casamos.
Me sentía como un dios: un gran empleo, una esposa hermosa, una residencia y dos coches. Era jefe de 20 personas, tenía un gran poder, humillaba a mis empleados, era totalmente excitante. Nunca reparé en aquel dicho "el que la hace la paga". Y así fue, me había convertido en un ser despreciable, mi rostro no reflejaba ni la cuarta parte de la fealdad de mi interior.
Y ¿cómo podía abrir los ojos? Lo hice de la manera más cruel. Un día regresé de mi trabajo temprano, quise sorprender a mi esposa y llevarla a cenar. El sorprendido fui yo al verla revolcándose con otro tipo en mi cama. En ese momento me volví loco y golpeé al susodicho, hasta saciar mi coraje, lo dejé inconsciente y luego le pedí una explicación a ella. Me respondió que yo nunca le había gustado y que solamente aceptó tener una relación conmigo por conveniencia y que si por ella fuera sería mejor estar sola que vivir encadenada a mí.
El amante de Perla no recobraba el conocimiento, yo estaba en estado de shock, ella llamó a la policía, pensando que yo lo había asesinado. Me detuvieron por lesiones graves, estuvo en el hospital durante un mes inconsciente. Yo pagué la fianza y pude salir de la cárcel.
Volví a caer en una crisis depresiva que me llevo a perder el trabajo, mi casa y todo lo que había logrado con esfuerzo. Fue entonces que comprendí el grave error que había cometido, me convertí en lo que más odiaba y más me había hecho daño. en una persona superficial y sin sentido de la vida.
Actualmente me está costando mucho trabajo salir adelante pero lo sigo intentando. Ya no me avergüenza mi apariencia física, lo que si me pesa es mi interior, mis sentimientos y mi manera interna de ver las cosas, en eso tengo que trabajar para poder ser una persona digna de una sociedad en decadencia.