Estoy cansada, harta y fastidiada, pensé que algún día ese vicio maldito de estar pegado frente a un televisor viendo futbol iba a terminar; al contrario se ha ido empeorando al grado de que siento que mis hijas y yo estamos fuera de su vida, ama más a su equipo que a su familia.ya no puedo más.
Cuando eramos novios, quien es ahora mi marido, solía charlar conmigo por largas horas, tenía también muy bellos detalles que iban desde poemas compuestos por él hasta ramos de rosas, serenata y todas esas cosas que a una mujer provocan un gran sentimiento y la van conduciendo poco a poco a sentirse perdidamente enamorada.
Así era Sebastián, un hombre sumamente detallista, no había nada ni nadie que se interpusiera entre los dos, bueno sí existía algo, que al principio pensé que nunca me iba a afectar, porque solamente era los domingos: el futbol.
Su pasión por ese deporte era un cariño diferente que el que sentía hacia mí. No había partido que no se perdiera del equipo de sus amores. En ese entonces yo no me sentía desplazada, porque a mí me atendía todos los días y solamente se tomaba unas horas para disfrutar cada semana del futbol.
Sebastián y yo nos casamos. Con esta nueva vida llegaron las responsabilidades, cada quien se dedicó a trabajar y con esto no había tiempo suficiente para nostros, el único espacio que teníamos era el fin de semana, pero él esos días les comenzó a dedicar un tiempo considerable a ver por televisión los partidos, ya no solamente de su equipo, sino todos los que se transmitían durante el día. Yo hubo un tiempo que me sentaba a su lado acompañándolo, pero también sentía la necesidad de platicar. Él solamente, sin despegar la vista de la pantalla, se limitaba a responderme de forma muy parca, la verdad ¡ese no era un diálogo, sino un monólogo!
Traté de que se diera cuenta de esa grave obsesión en la que había caído. Sebastián se excusaba en que estaba cansado de trabajar toda la semana y que eso le ayudaba a quitar el estrés. ¿Y yo? ¿A caso no le importaba?
Fue entonces cuando decidí dejarlo por un tiempo, estaba cansada de ser ignorada de esa manera. Así que me fui a vivir a casa de mi hermana.
Ese mismo día, por la tarde, Sebastián fue por mi y de rodillas me pidió perdón, diciéndome que él no podía vivir sin mí que yo era la razón de su existir. todas esas frases tan trilladas, pero tan efectivas cuando en un matrimonio hay un problema.
Me convenció. Regresé a vivir de nuevo con él. Noté un cambio significativo, durante tres meses no vivimos futbol. Yo no sabía la razón, pero por una parte también ayudó que el campeonato en ese entonces ya había terminado y el siguiente arrancaba en dos meses.
En el transcurso de ese tiempo, nuestra relación fue como siempre había querido. Teniamos tiempo para platicar y hacer cosas juntos. Fue una temporada de gran actividad sexual, ideal para procrear un bebé. Y en efecto, resulté embarazada, no iba a ser un hijo sino dos. gemelos.
Durante mi embarazo, las promesas se rompieron y Sebastián volvió de nuevo a su antiguo ritual dominical. Mi única esperanza de que algo cambiara la tenía depositada en nuestros futuros hijos. Pensé que ya con ellos, Sebastián buscaría la manera de pasar más tiempo en familia.
Pero ¡oh sorpresa! Las cosas siguieron iguales y no solo eso, él me falló en el día más importante de mi vida. Estaba a punto de dar a luz, recuerdo bien, un 23 de junio, era fin de semana y desafortunadamente ese día jugaba el campeonato el equipo idolatrado por Sebastián. Comenzaron los dolores de parto, yo con rictus de dolor le decía que me llevara a la maternidad porque sentía que ya iban a nacer mis hijos. Él hipnotizado por el partido, me decía que no me precupara que faltaba poco para que terminara juego. En ese momento sentí que ahora sí su actitud ya había rebasado los límites.
Salí de la casa sin decirle nada, tomé las llaves del coche y le dije a mi vecina que me llevara al hospital.
Ya en el nosocomio tuve a mis dos lindas hijas. Sebastián. no estuvo presente durante el parto. Cuando me recuperé lo vi con un ramo de rosas, lo único que sentí en ese momento fue un gran desprecio por él y le pedí que se marchara.
Esa es una de tantas cosas que me han ayudado a convencerme de que es mejor irme lejos con mis hijas, claro está, aprovechando mientras Sebastián se encuentre en trance viendo su amado futbol.