A lo largo de nuestra vida todos hemos entablado diversas relaciones con distintas personas: en la escuela, el trabajo, el hogar. Conforme se han desarrollado dichas relaciones, hemos enfrentado situaciones inesperadas, que las han fortalecido o debilitado; enfoquémonos en hablar sobre las que han sufrido deterioro debido a situaciones o actitudes en las que hemos o nos han herido o lastimado. En algún momento, estas situaciones nos han generado sentimientos de rechazo, que en algunos casos se transforman en resentimiento.
Muchos quisiéramos vivir en un mundo donde todo fuera benéfico para nosotros y donde compartiéramos un mismo criterio. Por fortuna, esto no es posible, cada persona tiene una visión particular de las cosas, que son producto de sus experiencias físicas, intelectuales, sociales y espirituales. Es lógico deducir que las diferencias de opinión pueden conducir a fricciones y, ante ella surge la pregunta: ¿existe alguna alternativa para establecer una convivencia más sana?
Yo propongo una opción -que requiere de un esfuerzo conjunto pero que garantiza resultados-, es un valor que podemos llamar universal, promovido a lo largo de la historia por las principales religiones y corrientes filosóficas: perdonar.
No es gratuito que el perdón sea algo que aparezca y se recomiende en los libros sagrados del Islamismo, Budismo, Judaísmo y Cristianismo (por mencionar sólo algunas de las religiones más propagadas en el mundo) independientemente de que nosotros compartamos o no dichas expresiones de fe. Para muestra, un botón: "Padre, ¡perdónales, porque no saben lo que hacen!" (Lucas 23, 34). Fueron palabras de Cristo en la cruz, que los Evangelios registraron. También Buda dejó a sus seguidores la siguiente máxima: "No es con el resentimiento como se aplaca el resentimiento; es con el no-resentimiento como se mitiga el resentimiento".
De nada sirve tener relaciones con alguien si le guardamos rencor, ya que éste sólo sirve para construir muros y barreras, no puentes. De nada sirve cargar con situaciones pasadas que nos siguen doliendo pues no permiten que avancemos, nos atan a un ayer que no se puede modificar y nos dificultan establecer nuevas relaciones.
Perdonar sinceramente, nos libera y permite establecer nuevos enfoques para transformar esas relaciones que deseamos continuar después de otorgar el perdón, fortalece nuestra capacidad de amar, enseñándonos a reaccionar mejor en caso de enfrentar una situación parecida en el futuro.
Por otro lado pedir perdón permite ver los errores propios, no como una falla, sino como una oportunidad para madurar y crecer, para reafirmar nuestros valores y así poder ofrecer un cambio positivo en actitudes y pensamientos.
Perdonar a alguien o a nosotros mismos nos hace recuperar la esperanza y ver que como humanos podemos equivocarnos un sinnúmero de veces más, pero por naturaleza, siempre podremos aprender, analizar, crecer y mejorar.
Perdonar implica tiempo, interés y, sobre todo, esfuerzo. Lejos de verlo como un gasto inútil de energía, lo veo más como una inversión que a la larga trae beneficios tangibles, como fortaleza y tranquilidad interior, visión más clara y certera ante problemas y algo muy importante: comprensión hacia los otros.
Practiquemos el perdón, pues de otra forma, ¿cómo aprenderán los niños a perdonar, si no es viendo a los adultos hacerlo?
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