Hubo un conquistador, cruel y autoritario que, apoyado por legiones de valientes guerreros, conquistaba grandes territorios. Sus éxitos lo hacían crecer en poder y en vanidad. En tales condiciones triunfalistas, poca atención prestaba a la amistad y a la lealtad; virtudes éstas que deberían brillar en los líderes que suponemos triunfadores.
Sucedió que un soldado desobedeció una orden injusta del cruel conquistador. Lleno de ira por tal desobediencia, ordenó ejecutar al guerrero sin escuchar siquiera su defensa. Sin juicio y en absoluta indefensión, el condenado aceptó la muerte sin inmutarse, confiando en la tranquilidad de su conciencia que le decía que había hecho bien al desobedecer la orden del tirano.
- Antes que me corten la cabeza, sólo un deseo, pidió el condenado. Antes de morir, quiero despedirme de mis hijos, mi esposa, mis padres, mis hermanos y mis amigos, que viven en una ciudad cercana. Si se me conceden tres días iré a despedirme de mis seres queridos y luego regresaré para cumplir mi condena y mi palabra.
El tirano mandón, que escuchó la petición del condenado a muerte, no estuvo de acuerdo.
-No soy ningún tonto; si te dejo libre, huirás burlándote de mí y de la condena, no regresarás jamás.
Ante el asombro de todos, otro joven soldado que gozaba del aprecio del arbitrario juzgador, hizo la siguiente propuesta.
- Ocuparé el lugar de mi amigo durante los tres días que necesita para despedirse de su familia. Si no regresa a tiempo, yo moriré para que nadie quede burlado.
Más por lucir su poder que por otra cosa, el emperador aceptó. El rehén fue encadenado, mientras el condenado partió a caballo a despedirse de sus seres queridos.
Pasaron las horas y los tres días. El emperador ordenó preparar la ejecución tal como estaba acordado. El verdugo estaba a punto de soltar el golpe mortal, cuando como un rayo, llegó el condenado a cumplir su palabra y la condena. Los amigos se abrazaron efusivamente. Ante tales muestras de tan elevada nobleza y hombría, el cruel dictador se conmovió. Abrazándolos, los dejó en libertad.
El retraso del condenado, según explicó él mismo, se debió a que su caballo se accidentó y murió en la loca carrera de regreso. Por fortuna, otro amigo suyo enterado de la urgencia del viaje, le proporcionó un nuevo corcel para que llegara a tiempo de salvar la vida del rehén.
Esta sencilla pero conmovedora historia, nos enseña el valor de la verdadera amistad y de la auténtica lealtad, respecto de nuestros amigos, y de nuestra propia palabra. Debo agregar, que la amistad y la lealtad, son dos hermosas hermanas que siempre marchan juntas y tomadas de la mano. La amistad y la lealtad se acompañan en una senda que un lustre carpintero de Galilea llamó: Amor al prójimo, y para gozarlas en nuestras vidas, forzosamente hay que merecerlas.
La amistad ha sido un tema muy discutido y estudiado por los sociólogos expertos en la conducta humana. De hecho, los estudiosos han descubierto muchos más motivos para la enemistad, que razones para cultivar esos sentimientos de simpatía tan valiosos y relacionados muy directamente con nuestra autoestima y la apreciación de los valores en el resto de los individuos que nos rodean.
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