Un día un amigo me preguntó si la meta del hombre es la felicidad. Y entonces recordé lo que una vez dijo Voltaire: "Sólo son felices los ignorantes."
Cuando pienso en la felicidad como la meta por excelencia, me viene a la cabeza la última imagen de una novela rosa o de un cuento infantil: "Y vivieron felices para siempre." Como si la vida se terminara justo ahí y en adelante los personajes anduvieran saltando de nube en nube. La heroína tuvo hijos pero no sufrió los dolores del parto, el héroe nunca se vio en problemas para traer el pan a casa, los niños fueron tan dóciles que jamás hicieron enojar a sus padres; bueno, vamos, fueron tan perfectos que aprendieron a caminar sin caerse, y la familia entera nunca enfermó y, supongo, jamás ninguno de ellos murió.
Si por felicidad se entiende un estado de ausencia de dolor y sufrimiento, entonces es una meta inalcanzable. "No hay placer -dice Lope de Vega- que no tenga por límites el dolor." Y, ¿quién en su sano juicio pudiera decir que es plenamente feliz teniendo una pena? ¿Se puede ser feliz cuando, al mirar a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que caminamos en medio del fuego? Me refiero al problema de las drogas, a la prostitución, a la pornografía, a la cultura del exceso, al individualismo, a la desunión familiar, a las guerras, al terrorismo, y a todas las formas humanas de destrucción. Nuestros niños, nuestros jóvenes y nosotros mismos vivimos en peligro constante.
El asunto es que en la vida siempre nos encontramos con la unión indivisible entre placer y dolor. La salud va estrechamente ligada con la enfermedad, el amor con el temor al sufrimiento de la otra persona, la sabiduría con el conocimiento de las carencias humanas.
Sin embargo, la felicidad es y será siempre el fin último del hombre, es un sentir que viene como la consecuencia directa de un modo de vida. Me explico. El hombre es perfectible, siempre puede ser mejor. Defectos, traumas, complejos, prejuicios, malos pensamientos, culpas, envidias, en fin, toda característica humana que le sea perjudicial, puede ser cambiada. Quien dirige sus acciones en favor de un "poder ser mejor", en otras palabras, quien se enfoca en trabajar consigo mismo a fin de liberarse de estas redes negativas interiores, favorece, al mismo tiempo, la creación de ambientes de paz y armonía en donde fructifica la buena relación entre las personas.
Si la tarea diaria apunta a construir -mediante nuestro cambio en particular-, este entorno en concreto, y no a soñar con el ideal de la "felicidad", entonces quizás podamos, cuando nos sintamos satisfechos de nuestra mejoría, sentir que probamos un poco de esa ambrosía. En vez de buscar la felicidad afuera, búscate a ti mismo, búscala dentro de ti y entonces, te sentirás feliz.
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