Aunque no lo crean mi caso es una prueba de que el amor rompe las barreras más grandes del mundo, como pueden ser las ideológicas, religiosas o políticas. En mis tres años de matrimonio he comprobado que algo de tinte disparatado al principio se fue convirtiendo en una realidad, contra todos los pronósticos de nuestros familiares y amigos. Esto es lo que sucedió entre mi esposa y yo.
Cursaba la universidad en una ciudad lejos de mi casa, soy del estado de Oaxaca, México y decidí irme a estudiar a la ciudad de Guadalajara, Jalisco, a casi 12 horas de distancia.
Fueron tiempos muy duros ya que como estudiante foráneo tenía que pagar renta, trabajar y no descuidar mis estudios, a parte lavarme mi ropa y todo lo que implica vivir solo. Todavía de acordarme me da nostalgia, pero no me quejo al contrario ahora me siento orgulloso y agradecido con Dios porque si no hubiera pasado por eso no conocería a Dora, mi esposa.
Ella llegó en el momento preciso a mi vida, también una estudiante foránea quien al toparse en mi camino decidió compartir el mismo departamento conmigo sin ningún otro interés que el de ahorrarnos un poco de dinero ambos.
Nuestra amistad fue creciendo hasta llegar a enamorarnos. Van a decir que fue fácil, solitos los dos teníamos la oportunidad de hacer lo que quisiéramos como tener relaciones a cada momento, sin embargo aunque no lo puedan creer, eso nunca sucedió porque la amaba demasiado que tenía respeto por su religión, ella es Testigo de Jehová.
Terminamos nuestras carreras y decidimos casarnos. Fuimos a ver a nuestras respectivas familias y ellos se opusieron a que nos casaramos por la diferencia de religiones. yo soy católico.
Contra el consentimiento de nuestros padres decidimos casarnos. A pesar de que nuestras religiones son muy distintas hemos realizado un pacto de respeto mutuo en cuanto a ese tema y nunca hemos tenido un solo problema de comunicación ni falta de amor.
Por eso les digo que el amor rompe todas las barreras.