Siempre me gustaron las mujeres maduras, de esas señoras de 42 años que siguen conservando su figura y belleza. Por eso me enamoré de Silvia.
Ella regresó a la Universidad tras haber truncado su carrera 15 años antes porque se embarazó y "tuvo que casarse". Era toda una dama, además de ser hermosa, tenía un porte y gran inteligencia, que a fin de cuentas, creo que fue lo que más me atrajo.
En ese entonces yo no era una persona popular en la escuela, al contrario, la raza me marginaba porque para ellos era el clásico nerd, el estudiante modelo, el sabelotodo y la verdad también yo sentía que mi coeficiente intelectual estaba por encima de ellos, así que mejor optaba por estar apartado de todos.
Silvia rompió con todo. Cuando entró por primera vez a mi salón, sentí que con ella era el tipo de mujer que siempre había soñado. Empatizamos muy bien, nos prestábamos libros, teníamos gustos muy parecidos, íbamos juntos a los museos, ¡era la relación soñada! El único problema era la edad, ella me llevaba 17 años de diferencia y no sabía con certeza si era una mujer casada, solamente tenía la seguridad que era madre de un adolescente de 15 años.
Las cosas se dieron, nuestras salidas eran más frecuentes y cada vez más interesantes. Me contó que se había divorciado de su esposo porque él era muy posesivo y egoísta, no la dejaba superarse, ni profesional, ni intelectualmente.
Esa fue una gran noticia para mi, ¡era divorciada! Mi gran oportunidad para tratar de conquistar a esa gran mujer. Y me lo propuse. Le pregunté si le incomodaría tener una relación de pareja conmigo y ella me respondió que no, porque para ella era un hombre de gran madurez y la persona ideal con quien buscar un apoyo.
No me equivoqué en sostener esa hermosa relación, sobre todo teníamos un lazo espiritual muy grande, aprendí mucho sexualmente y encontré en ella la capacidad de amar, que tenía muy oculta dentro de mi ser.