Eran las tres de la mañana cuando recibí su llamada. Se le notaba angustiada, desesperada, su resperición se entrecortaba, como si estuviera llorando. Habían pasado ya dos años desde que terminó conmigo, tras una relación de nueve años en unión libre.
Traté de cosolarla por teléfono, pero fue inútil. Natalia me dijo que me amaba, se sentía muy sola y que me llamaba para despedirse para siempre de mi. Interpreté esas palabras, sentí que mi ex pareja iba a intentar suicidarse. ¿Qué podía hacer? Yo me encontraba a 230 kilómetros de donde me estaba hablando.
Lo primero que se me vino a la mente era entretenerla por teléfono, que la llamada se hiciera más larga y tratar de copnvencerla a que no lo hiciera. Le dije que ella era todo en mi vida y si se suicidaba, también me estaría matando a mí.
Natalia no desistía en su decisión y a los pocos minutos colgó. Me dejó en total incertidumbre. Ella no tenía familiares cercanos, sus padres murieron cuando era niña y nunca conoció a sus hermanos. Vivía sola tras nuestra separación.
Llamé a su departamento, nadie me contestó el teléfono. Inmediatamente me entró el sentimiento de culpa. Me sentía responsible de lo que le pudiera pasar a Natalia. Yo la dejé ir y provoqué nuestra separación.
Eramos muy felices, pero ella siempre tuvo la ilusión de formar una verdadera familia: casados, con hijos. Como marido y mujer, ya que adolesció de ese núcleo familiar desde muy pequeña.
Pero yo siempre me opusé a casrme con ella. Para mí era mejor seguir viviendo en unión libre, no eran necesarios papeles ni bendiciones de curas para amarnos. Tampoco quise tener hijos con ella. Lo cual con el tiempo terminó por fastidiarla y llevarla a tomar la decisión de dejarme.
Tras su partida yo había reflexionado y comprendido que sin ella mi vida no era la misma. La necesitaba pero mi orgullo me impedía ir a rogarle.
Así me pasé toda la noche pensando y con la esperanza de que Natalia no se hubiera hecho daño. Por la mañana volvió a timbrar el teléfono, era ella. Entró en mi interior una gran calma. Me dijo que no se había matado porque me amaba tanto que tenía la esperanza de que algún día pudiera ser mi esposa.
Yo con lágrimas en mis ojos le propuse matrimonio y le pedí perdón por todo el daño que le había hecho. Ahora vivimos felizmente casados. La vida nos dio la oportunidad de reencontrarnos.