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Un regalo inesperado
Por Brenda
Hola, quiero contarles mi historia, quisiera compartir un poco la felicidad que siento hoy. Tengo 32 años y por desgracia fui víctima de las presiones sociales, digamos que mi familia y amistades ejercierón presión y comenzaron a etiquetarme de "solterona" debido a la cercanía de mis próximos 35.

Por lo general estas fechas para mi habían resultado patéticas, puesto que mi soledad se acentuaba aún mas... me había llegado a convertir en una clásica "grinch" a la que le molestaban las tiendas, los regalos, los intercambios navideños., la cena de navidad... sobre todo eso, la cena de navidad en la familia, donde lo primero que te preguntan esos familiares a quienes tienes oportunidad de ver solo en "fechas especiales" es ¿todavía no tienes novio? en fin, todo me daba flojera.

Agoté todas las posibilidades de conseguir una pareja, me esmeré, salía los fines de semana con el único objetivo de conocer a alguien, mi ansiedad porque llegara esa persona especial era un sentimiento permanente, veía en cada hombre que conocía, un candidato potencial a ocupar el lugar de "novio" y posible "esposo" en cuanto se dejara, jajaja.

Conocía a alguien e inmediatamente entregaba mi corazón, ponía todas mis expectativas, basada en...nada, ilusiones nada más. Sé que fue eso lo que inmediatamente los atemorizaba y los hacía huir despavoridos dejándome un sentimiento de vacío. En fin, esperé esperé y esperé.... hasta que mi espera llena de esperanza se convirtió en amargura y frustración.

En alguna ocasión llegué a pensar tontamente como opción para rescatar mi "dignidad", en irme de monja, de misionera comboniana, es ridículo, pero eso pensaba, con la idea de esquivar ó disfrazar mi destino de "solterona", en fin, quería que mi existencia tuviera algún sentido y por mas que lo buscaba no lo encontraba.

Una de esas noches en vísperas de noche buena, al salir de trabajar, decidí romper un poco mi rutina y decidí dejar mi auto en el estacionamiento de la empresa, e irme caminado a mi casa, que a decir verdad estaba lejos. Caminé kilómetros, me detuve en cada detalle, observé la gente, las calles, las luces, las hojas de los árboles, la luna... Decidí sentarme en la banca de un parque, enajenada al presenciar los besos y abrazos de un par de enamorados que no paraban de abrazarse, mirarse, respirarse, tocarse y todo lo que termine en "arse"..jeje, no, es broma, una pareja de viejitos tomados de la mano, un vendedor de buñuelos y café, niños, gente...

El caso es que ahí de la nada, desperté de mi enajenación y vi frente a mi a un hombre parado con dos cafés en mano, me pidió permiso para sentarse conmigo y me compartió un café, me dijo que desde que llegué me había estado observando, que en realidad el salió del trabajo y decidió caminar, era foráneo, por cuestiones de trabajo estaba de visita en la ciudad.

Yo entre desconfiada y fascinada con sus ojos y sus largas pestañas, seguí la plática, observaba sus movimientos, sus manos, en realidad me sentía extraña de estar platicando con un desconocido, sobre todo contándole de lo patética que me parecía la Navidad. Mostrándole mi lado "darky" a todo lo que da, a él le pareció una gracia mi percepción de estas fiestas, sin embargo yo lo tomé como un desahogo y seguí y seguí hablando como una loca, no sé si fue el café lo que me aceleró o cual fue la razón de que yo le contara todo esto y le mostrara mi peor cara.

Nos despedimos, él se quedó en la banca del parque, yo seguí mi camino a casa.

Pasaron los días, y un día antes de Navidad, regresé al parque, me senté en la banca donde lo conocí, me quedé un rato, me compré un café, y el señor que vendía los cafés me dijo que el mismo joven, que estuvo conmigo hacía ya tiempo estuvo día tras día sentado en la banca a esa misma hora, que incluso le preguntó que si de casualidad me había visto por ahí, él señor le dijo que no, yo ni siquiera supe su nombre, me dijo que él le pidió que si por cualquier cosa me volvía a ver, me entregara una tarjeta, y así fue...

La acepté, tomé el café, y me regresé a sentar, abrí la tarjeta, la leí, hacía mucho que no sentía la emoción de leer algo dirigido a mi, la tarjeta decía: Te busqué al día siguiente que te fuiste, en el mismo parque, en la misma banca, sin éxito, sin embargo tuve la esperanza de que tarde o temprano regresarías, le pedí al señor del café que te entregara esto. Creé por favor lo que te digo, nunca me había pasado, pero me caíste muy bien, quisiera que esta navidad fuera diferente, dame la oportunidad de conocerte más, regreso a mi ciudad, mi teléfono...

Aunque a decir verdad me pareció medio cursi, inmediatamente llegué a mi casa, le llamé y me dijo que esperaba mi llamada, no sabía mi nombre, yo supe el de él hasta leer la tarjeta, Ernesto. Platicamos largo rato, hasta el amanecer, el tema no se acababa, intercambiamos datos, direcciones, e-mails, etc... Decidimos hablar al día siguiente... pero el teléfono no sonó, esperé y esperé, sin éxito hasta que presa de la ansiedad decidí llamarle, nunca contestó.

Había sido demasiado bueno para ser verdad, preferí por experiencia, resignarme y no ilusionarme. Al día siguiente era nochebuena, y en medio de el brindis, los abrazos y mi soledad, era casi la media noche, alguien tocó a la puerta, voy a abrir, llegó santa clos a mi casa, desanimada le dije que pasara, asumí que mis hermanos lo habían contratado para repartir regalos a mis sobrinos, pero santa clos en vez de pasar, me abrazó, y me dijo que no venía a dejar ningún regalo, que más bien venía por su regalo: Yo.

Era él, escondido bajo unas barbas blancas, Ernesto, el amor de mi vida, llegó en el momento justo, con las palabras precisas, el cálido abrazo, la sonrisa que iluminó mi hasta entonces oscura navidad.

Esto sucedió en Navidad del 2001, hoy estamos felizmente casados, nadie sabe en que momento y en que lugar llegará el amor, un instante hizo la diferencia y coincidimos en tiempo y en lugar. Brindo por el amor, y les deseo a cada persona que lea estas líneas y que esté en busca de ese alguien especial, que no pierdan la fé, sin embargo que no vivan esclavizados por la ansiedad, ni por las presiones sociales, todo tiene un tiempo a cada persona le llega la hora de amar y sentirse amado. ¡Les deseo una muy feliz navidad!

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