No están ustedes para saberlo, ni yo para contarlo, pero hace tres semanas, me rompí un hueso del pie. Nada serio, pero para un señor en los cincuenta, pasado de peso y alérgico al ejercicio, el percance puede ser molesto. El médico, por supuesto, quería tenerme inmovilizado y me dijo que el tratamiento total era de seis semanas.
Después de una recia negociación, quedamos en que podría trabajar, siempre y cuando fuera muy cuidadoso, saliera sólo lo indispensable y esto, en silla de ruedas. Acepté de mala gana. Dos días y un par de porrazos después, me entró un saludable temor, dejé de hacer locuras y decidí hacerle caso al médico.
La experiencia ha sido bastante enriquecedora, y creo que vale la pena comentarla. Para empezar, ahora me doy cuenta de las dificultades que pasan las personas que tienen alguna discapacidad. ¡Se ve tan fácil lo que hacen diario! Déjenme que les cuente. No es tan fácil aprender a usar las muletas. Y no vienen con un manual. Después de tres semanas, aún no aprendo a subir las escaleras y, sentarse, es bastante difícil. Hasta las cosas más sencillas se complican.
Afeitarse con muletas es, para alguien tan torpe como yo, una verdadera invitación al accidente. Fajarse los pantalones y meter la camisa entre el pantalón y la ropa interior mientras está uno tratando de no caerse, es una proeza. No, no me estoy quejando. Lo que pasa es que me estoy dando cuenta, de primera mano, lo complicada que es la vida diaria para quien requiere de este tipo de apoyo.
Y, ¿qué decir de la silla de ruedas? Ve uno a los atletas paralímpicos, corriendo el maratón en silla de ruedas y parece de lo más fácil. ¡Cómo no! Lo invito a que se suba media hora a una silla de ruedas, y comprobará lo que digo. ¡La silla de ruedas pesa! Y súmele usted el peso de mi humanidad; la tengo que hacer rodar únicamente con la fuerza de mis brazos. Por otro lado, al estar en esta condición, se da uno cuenta de lo mal planeados que están los accesos para personas con discapacidad.
Rampas para sillas de ruedas, con una inclinación tal, que no hay manera de subirlas solo, ni con la ayuda de una persona; a veces se requieren dos. Pisos hechos con bloques de cemento, donde se atoran las sillas de ruedas. ¿Y cómo se sale de ahí sin ayuda? Yo creo que a los arquitectos y constructores habría que ponerlos a rodar en una silla y obligarlos a utilizar los accesos para personas con discapacidad. ¡Les cambiaría la visión!
Pero lo más rico ha sido experimentar de primera mano la bondad de tantas personas, tanto conocidas, como desconocidas. El cariño y paciencia de mi familia. El vecino, a quién siempre saludo por las mañanas y que me visitó para regalarme un libro. Los alumnos que me empujan de un salón de clases a otro. Los meseros de un restaurante, al que doy asesorías, que me suben cargando entre cuatro a donde están las oficinas. Perfectos desconocidos que me sonríen en la calle, que me abren la puerta, que me muestran cariño y apoyo.
Hoy, tres semanas después, soy más rico. Tengo una nueva conciencia de lo que es tener una discapacidad y me he enriquecido con el cariño y apoyo que he recibido. Y lo agradezco.
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