No quiero volver a creer en el amor porque cuando caí en sus redes, me fue muy duro salir y volver a respirar para de nuevo sentirme viva. Es mentira que todo es bello, de color de rosa, como en los cuentos de hadas, ¡no es cierto! Enamorarse duele, genera heridas que ni el tiempo ni nadie pueden sanar. Me arrepiento de haberme enamorado y apostado a que esa relación me traería la dicha de una vida futura. No trato de desilusionar a nadie pero sí de advertirles que meterse en las oscuras fauces del amor los puede dejar dañados para toda la vida. Se los digo porque esto fue lo que me sucedió a mí.
Tenía tan sólo 17 años, siempre fui una chica sobreprotegida por mis padres. Hija única, enfocada 100% a mis estudios. Vivía muy apegada a la religión y las "buenas costumbres". El mundo exterior (el mundo fuera de mi casa) era totalmente desconocido para mí, por eso cuando ingresé a la universidad todo me asustaba era muy introvertida.
Poco a poco intentaba integrarme con los demás y fue cuando conocí a Edgar. Desde el primer momento que lo ví me enamoré perdidamente de él. Mi amor era telenovelesco, puro, inocente y aumentaba día tras día y él se fue dando cuenta de esto, hasta el punto de invitarme a salir.
Fuimos al cine, a cenar, yo me sentía muy dichosa. Esa vez solamente nos despedimos con un beso en la mejilla. Nuestras salidas se fueron dando con más frecuencia, él nunca me propuso que fuera su novia, en cambio me trataba como tal. Cuando comenzó a hacerme caricias, al principio me asusté, pero él siempre me decía que era algo normal que no debía sentir miedo y al fin de cuentas aceptaba que me tocara.
Eso sí él siempre tenía que dejarme en mi casa antes de las 11 de la noche, porque hasta esa hora mis padres me daban permiso de salir.
Una noche, Edgar me pidió que estuviera con él un poco más tarde, porque me iba a dar una sorpresa innolvidable, regresábamos de una fiesta donde él había bebido demasiado alcohol. Íbamos rumbo a mi casa, pero de pronto se desvío y me llevó a una zona desplobada. Comenzó a besarme apasionadamente y a acariciarme muy diferente a como lo hacía, le pedí que parara, pero él se negaba y repetía constatemente la frase "nunca lo olvidarás". Me resistí, me golpeó y contra mi voluntad, perdí mi virginidad y la fe en el amor.
Desde esa ocasión en mi corazón no ha podido sanar esa herida, no tanto porque fui víctima de una violación, más bien porque deposité mis esperanzas en un hombre, a quien idealizaba totalmente y que a fin de cuentas el amor se encargó de cegarme y no darme cuenta cuales eran sus verdaderas intenciones.
Por eso ahora comprendo que no hay que confiar en ese oscuro sentimiento llamado amor.