Le dije adiós, su mirada triste reflejaba la desilución de un rompimiento. Nos dimos un abrazo y tal vez el último beso. Era irremediable tenía que ser así, otra oportunidad más sería en vano. Ya no había tiempo, ni espacio entre nosotros por eso decidimos que lo más conveniente era alejarnos.
No lo niego, aún la amo. Posiblemente como no podré volver amar a otra mujer. Por eso la dejé ir, antes de que llegara a odiarme y principalmente para evitarle más sufrimientos. Mi inmadura fuerza de voluntad me ha llevado a perder lo más valioso que tenía. Tuve que darme cuenta de la bajeza de ser humano que soy para poder sentir lo mucho que me amaba.
Fueron ocho años de matrimonio donde siempre imperó mi egoismo y la poca importancia por su vida. Mis parrandas, llegadas tarde, mujeres y alcohol, era el común denominador de mis fines de semana. Ella se disgustaba pero como yo sabía que a final de cuentas me perdonaría lo seguía haciendo sin importarme nada.
La engañaba con otras, gastaba mi dinero en regalos caros para mis amantes y olvidaba los cumpleaños de mi mujer. Todo empezó a volverse más crónico y empecé a ausentarme de mi hogar por varios días. Al regresar a casa encontraba a mi esposa llorando. Ya no me reclamaba, pareciera que ella ya estaba fastidiada y cansada de todo.
Una noche llegué completamente ebrio a mi casa, mi mujer estaba dormida y quise tomarla por la fuerza para obligarla a hacer el amor en ese momento.
Ella se resistió al grado de que me golpeó y me dejó inconsciente. Al recuperarme no recordaba lo sucedido. Mi esposa estaba como loca y me comenzó a gritar, como nunca lo había hecho, me dio un ultimatúm para que cambiara sino se iba a ir de la casa.
Entonces le pedí perdón y le prometí que todo iba a cambiar. Me aguanté aproximadamente un año sin tomar. Durante ese tiempo noté a mi esposa contenta y hasta me planteó la posibilidad de procrear a un hijo. La idea me entusiasmo y comenzamos a intentarlo. Pero los resultados no eran favorables. Nos hicimos estudios que comprobaron mi esterilidad, lo peor del caso es que había sido a causa de mi adicción al alcohol.
Mi esposa en lugar de reprocharme, trató de apoyarme moralmente, pero yo víctima de mi orgullo y egoísmo nunca se lo permití. Fue entonces cuando nuestro matrimonio entró en una nueva crisis. Yo volví a beber, pero ahora lo hacía todos los días. Mi única intención al llegar a la casa era pelear con ella.
No podía comprender el verdadero daño que le había causado. Todavía que me aguantó todo lo que le hice, no le permetí que sintiera la satisfacción de ser madre.
Por esos mitivos la dejé ir. Hasta hoy me doy cuenta de cuanto la amo. Ojalá encuentré un hombre que en verdad la valore como yo nunca pude hacerlo.