Me casé con Javier a los 17 años por causas de fuerza mayor, pues a mi corta edad resulté embarazada. Siempre estuve convencida de mi amor por él, estaba segura de que lo amaba, no me importaba que mis aspiraciones profesionales de pronto se truncaran, estaba decidida a dar todo por ese amor. Él en cambio siempre tuvo dudas, sentía que su vida apenas comenzaba y que no había vivido lo suficiente para poder cambiar su forma de ver las cosas, siempre le pesó demasiado la responsabilidad.
Tuvimos a nuestro primer hijo, un varón, dentro de mí algo me decía que eso iba hacer cambiar a Javier, que ese primogénito iba a ser la dicha de nuestro corto y frustrante matrimonio. Eso no fue así, resultó ser todo lo contrario. Javier nunca mostró, ni un poquito de felicidad por el nacimiento de su hijo y siempre lo vio como un compromiso más.
Comencé a notar que mi esposo después de su jornada de trabajo empezó se tardaba en llegar a casa. En ocasiones lo hacía hasta la madrugada. Cuando tuve el valor de preguntarle porque lo hacía, él me respondía que necesitaba trabajar horas extras por culpa de nuestro hijo.
Una de esas noches se me ocurrió llamar a la empresa donde Javier trabajaba, me contestó el guardia y me dijo que mi esposo salía de laborar todos los días a las seis de la tarde. Desde ese momento mi mente se llenó de oscuras sospechas. En mi pensamiento sólo existía la palabra engaño, algo me decía que Javier me estaba siendo infiel.
Siguieron las noches, largas, un gran ambiente de soledad se respiraba en nuestro hogar. Nada cambió sino que todo se fue recrudeciendo, nuestro matrimonio iba en franca picada, Javier ya no se ausentaba un día, sino semanas, hasta que en una ocasión me lo confesó... él tenía una amante, nada menos que una de mis mejores amigas.
Por un tiempo me sentí muy mal, no podía creer lo que me estaba pasando, pero ese sentimiento de dependencia me decía que aceptara seguir así, Javier podía venir a la casa cuando quisiera y estar con su amante.
Así de extraña y patética fue mi relación por mucho tiempo, mi hijo fue creciendo, sin tener a un padre responsable. A Javier le encantaba tener sexo conmigo, solamente para eso me usaba. Y por eso tuvimos a nuestros segundo bebé una niña.
Al nacer nuestra hija él se ausentó aproximadamente medio año. En todo ese tiempo no tuve supe nada de Javier, hasta dejó de hacerse cargo económicamente de sus hijos.
Tuve que ir a buscarlo a casa de su amante. Efectivamente ahí estaba, me dijo que ya no iba a regresar nunca a mi lado y que le hiciera como pudiera. Fue hasta entonces donde decidí divorciarme de él para que legalmente me diera la pensión alimenticia para mis hijos.
Todo esto ha sido sumamente doloroso para mí. Ahora que mis hijos ya son grandes he tenido la oportunidad de rehacer mi vida, pero no me atrevo a salir con nadie. No es miedo, sino respeto a esa imagen que al principio tuve de ese hombre llamado Javier.