La recién nacida, con su cabello negro manchado de sangre, estaba apoyada contra el tronco de un árbol como si fuera una muñeca. Tenía los labios morados. Al tacto estaba fría y aún tenía el cordón umbilical.
Silveira trajo una de sus toallas nuevas. Trujillo envolvió a la bebé, y luego se percató de que le salía algo blanco de la boca. Le extrajo un rollo de papel de seda, y luego otro. Los paramédicos que llevaron a la pequeña al hospital encontraron dos más alojados en su garganta.
Aunque Juliana no es capaz de hablar, puede comunicarse con quienes la rodean. Los exámenes detectaron que tiene una edad mental de 11 años, con la inteligencia suficiente como para comunicar al personal del tribunal que cuando se toca la mejilla y sonríe significa que quiere dulces.
Morse siempre trataba de darle algunos.
"Tiene ojos vivaces e inteligentes", dijo. "Parece captar todo lo que se dice, pero uno no puede saber realmente qué comprende".
Pero para llevar adelante su caso, los abogados tenían que asegurarse de que la acusada pudiera comprender el cargo en su contra y colaborar con su defensa.
"Creo que entiende que esto se relaciona con su bebé", dijo el defensor de oficio Jeffrey Tenenbaum, imitando uno de los gestos de Juliana al mover sus manos hacia adelante y atrás como si estuviera meciendo a un niño. "No puedo estar seguro".
Mientras los abogados argumentaban sobre su futuro, Juliana permanecía sentada sobre una banca dura de madera, con los pies apenas tocando el piso. Su largo cabello negro, recogido con un broche de plástico, le caía por la espalda, y su torso delgado desaparecía bajo los pliegues de una sudadera gris que le entregaron en la cárcel.
Seguía la acción con la mirada pero en ocasiones parecía distante, como un niño bien criado que observa a adultos conversar sobre algo que sabe es importante, pero que no puede comprender.
Al ser presionada para que narrara su historia ante una sala llena de extraños, Juliana hizo gestos con sus manos y su cuerpo. Luego, su hermana Rosa explicó en trique lo que Juliana trataba de decir.
El intérprete Carlos Martínez, que habla trique y español, tradujo a este idioma las palabras de Rosa para otro intérprete, que a su vez las tradujo al inglés.
Dos expertos en lenguaje de signos nombrados por el tribunal _uno de ellos mudo como Juliana_ también intentaron interpretar lo que quería decir.
A través de esta incómoda cadena, explicaron lo mejor que pudieron que Juliana dijo haber sido violada en un campamento de inmigrantes. Metió el papel de seda en la boca de la bebé porque vio sangre, pensó que la niña estaba desangrándose y creyó que el papel de seda contendría la hemorragia.
Y, según parecía decir, quería conservar a su bebé.
Los gestos podrían permitir atisbar su estado de ánimo, dijeron los abogados, pero legalmente no sirven. "Cada quien tiene que suponer lo que realmente nos dice", dijo Morse.
Para declarar culpable a Juliana, el fiscal tenía que demostrar que la mujer pretendía hacer daño, o al menos que supuso que sus acciones podrían causar un perjuicio.
¿Realmente introdujo el papel de seda en la boca de su recién nacida para contener la sangre? ¿O fue para acallar sus gritos? ¿O para matarla?
NO TE PIERDAS MAÑANA LA ÚLTIMA PARTE DE ESTA HISTORIA.