MERCED, California, EEUU.- Juliana Martínez Dionicio no tiene idioma.
Es sordomuda. Su familia sólo habla trique, una lengua precolombina poco conocida y extraña incluso para otros mexicanos. Se comunica con su familia con gestos que nadie más comprende.
Analfabeta y silenciosa, Juliana vive sumida en un aislamiento que se ha profundizado por sus circunstancias: tener que viajar con su hermana y su padre en un flujo anónimo de inmigrantes indocumentados que atienden sembradíos en el oeste de Estados Unidos.
Un frío día de noviembre, la muchacha de 24 años y baja estatura trepó por una cerca metálica oxidada y se coló en la caseta del perro de una vecina en Livingston, California. Allí, sin ayuda, dio a luz. Luego introdujo varios rollos de papel de seda en la boca de la bebé.
Las autoridades de California la arrestaron bajo el cargo de poner en peligro la vida de un niño, un delito grave.
"La miraba sentada allí en el tribunal y me preguntaba qué pensaría", dijo el fiscal Larry Morse. "Sólo podemos suponer que ella comprende".
Imagine vivir en un mundo sin palabras. Luego imagínese quedar embarazada, tal vez por violación, dar a luz sola, ser arrestada y no tener las palabras para explicar ni para comprender lo que ocurre.
Ésa es la historia de Juliana.
Nació en medio de una pobreza extrema en San Martin Itunyoso, un pueblo remoto en la sierra de Oaxaca, México. Su padre trabajaba en el campo; su madre cuidaba a sus cinco hijos.
La familia sobrevivía precariamente hasta que pidió dinero prestado para construir una casa. Incapaz de pagar la deuda, hace dos años Pedro Martínez cruzó la frontera ilegalmente con Rosa y Juliana, sus dos hijas mayores.
Desde entonces, Juliana ha vivido en campamentos de migrantes atestados de gente, plantando, desherbando y cosechando en sembradíos desde el sur de California hasta Oregón.
Es una vida de carencias. Pedro Martínez envió sus magros ahorros a la familia en Oaxaca. No había tiempo ni dinero para satisfacer los deseos de las jóvenes _ropa nueva, zapatos_ ni siquiera para las necesidades básicas como educación y atención médica, dijo su padre por medio de un intérprete.
Juliana nunca había ido a un médico ni consultado a una trabajadora social ni asistido a la escuela. Una presencia silenciosa en un sembradío, no llamó la atención hasta esa mañana fría cuando salió de la casa atestada que compartía con otros trabajadores migratorios y escaló la cerca.
María Silveira miraba la televisión y oyó a su perro ladrar insistentemente. Asustada, la anciana cruzó rápidamente la calle hasta el pequeño departamento de policía de Livingston.
El oficial Alan Cadiente y Lilly Trujillo, una voluntaria intérprete de español, corrieron al patio trasero de Silveira. Dentro de su caseta de madera el perro jalaba su correa, gruñendo y ladrando.
Allí encontraron a Juliana en cuclillas sobre un charco de sangre fresca mezclada con hojas de árbol y excremento de perro. Estaba aterida de frío y conmocionada. No levantaba la vista ni miraba a los recién llegados a los ojos, ni tampoco reaccionaba ante su presencia.
"No sabía en quién confiar", dijo Cadiente.
MAÑANA NO TE PIERDAS LA CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE JULIANA...